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viernes, 1 de junio de 2012

Las Setenta Semanas de Daniel

Las Setenta Semanas de Daniel

Rev. Luis M. Ortiz
“Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos.” Daniel 9:24.
Después de 900 años del pueblo de Israel estar en posesión de su tierra en tiempos del profeta Jeremías. Dios advirtió por medio de este profeta a las dos tribus del sur, Judá y Benjamín, que si no se apartaban de la idolatría y del pecado, serían llevados cautivos a Babilonia. Ya las diez tribus del norte habían sido llevadas cautivas a Asiria.
 
Dios dijo por boca del profeta Jeremías a las dos tribus del sur, como sigue: “Toda esta tierra será puesta en ruinas y en espanto; y servirán estas naciones al rey de Babilonia setenta años” (Jeremías 25:11). “Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar” (Jeremías 29:10).
 
Ya los 70 años de cautividad se cumplían y el profeta Daniel, que era profeta de la cautividad, queriendo saber el futuro de su pueblo y cuál sería esa buena palabra que Dios tendría para su pueblo, escribe en el capítulo 9 de su libro, como sigue: “Yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años. Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, en cilicio y ceniza. Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos; hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas” (Daniel 9:2-5).
 
Aquí sigue una maravillosa oración de confesión y arrepentimiento que Daniel concluye diciendo: “Ahora pues, Dios nuestro, oye la oración de tu siervo, y sus ruegos; y haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado, por amor del Señor. Inclina, oh Dios mío, tu oído, y oye; abre tus ojos, y mira nuestras desolaciones, y la ciudad sobre la cual es invocado tu nombre; porque no elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias. Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo” (Daniel 9:17-19).
 
Antes esta oración tan sincera, tan profunda y tan intensa, la respuesta vino de parte de Dios. Y nos sigue relatando el profeta Daniel: “Aún estaba hablando y orando, y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y derramaba mi ruego delante de Jehová mi Dios por el monte santo de mi Dios; aún estaba hablando en oración, cuando el varón Gabriel, a quien había visto en la visión al principio, volando con presteza, vino a mí como a la hora del sacrificio de la tarde. Y me hizo entender, y habló conmigo, diciendo: Daniel, ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento. Al principio de tus ruegos fue dada la orden, y yo he venido para enseñártela, porque tú eres muy amado. Entiende, pues, la orden, y entiende la visión. Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos.
 
Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones. Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador” (Daniel 9:20-27).
 
Antes de referirnos propiamente a estas setenta semanas, anunciadas a Daniel por el ángel Gabriel, como un bosquejo profético e histórico del futuro del pueblo de Israel, es muy importante que señalemos una realidad histórica en todos los tratos anteriores de Dios con Israel.
 
Esto de “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo”, parecería algo nuevo, algo raro en los tratos de Dios con Israel, pero es algo maravilloso, admirable y armonioso, que Dios siempre ha tratado con Israel a base de períodos de tiempo, de setenta semanas, de años, o sea, de 490 años. Y además, que en esos períodos de setenta semanas de años, Dios nunca ha contado el tiempo cuando Israel ha estado en cautiverio, o fuera de su tierra, o ha estado subyugado en su tierra por poderes gentiles. Notemos, pues, que en las setenta semanas de Daniel no son únicas en los tratos y en los planes de Dios con Israel.
 
Comencemos con Abraham, el padre de la nación, desde el llamamiento de Abraham hasta el Éxodo de Egipto transcurrieron setenta semanas de años, o sea, 490 años, sin contar los 15 años cuando la esclava Agar y su hijo Ismael dominaban en el hogar de Abraham. Esos años de dominio gentil Dios no los contó.
 
Desde el Éxodo de Egipto hasta la dedicación del templo de Salomón transcurrieron setenta semanas de años, o sea, 490 años, sin contar los 131 años de dominación gentil que sufrió Israel en el tiempo de los Jueces. Esos años no los contó Dios.
 
Desde la dedicación del templo de Salomón hasta la conclusión de la cautividad en Babilonia transcurrieron setenta semanas de años, o sea, 490 años, sin contar los setenta años que estuvieron cautivos en Babilonia. Esos años Dios no los contó.
 
Y es en este punto de la historia del pueblo de Israel, cuando la cautividad en Babilonia, se cumple, que Daniel inquiere de Dios acerca del futuro de su pueblo. Y Dios consecuente con su manera de tratar con Israel en el pasado esto es, a base de setenta semanas de años, 490 años le dice a Daniel: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos” (Daniel 9:24).
 
Estas setenta semanas están determinadas sobre el pueblo de Israel y sobre la ciudad de Jerusalén, es decir, tienen que ver únicamente con Israel y Jerusalén, nada tienen que ver con la Iglesia. Notemos que todos los propósitos a lograr en la conclusión de las setenta semanas están conectados con Israel y con Jerusalén:
 
1) Terminar la prevaricación de Israel con relaciona a su Mesías; 2) poner fin al pecado de Israel por su incredulidad y rechazo de Cristo, su Mesías; 3) expiar la iniquidad de Israel como nación que aceptará a Cristo como su Mesías y redentor; 4) traer la justicia perdurable a Israel que será justificado por su fe en Cristo; 5) sellar la visión y la profecía, pues con el Mesías presente, la tierra será llena del conocimiento del Señor; y 6) ungir al Santo de los santos, o sea, la limpieza y restauración del lugar santísimo profanado y desolado por el anticristo.
 
En el mismo mensaje del ángel a Daniel, estas setenta semanas son divididas en tres períodos de tiempo: la primera división, son las primeras siete semanas, o sea, 49 años; la segunda división son las siguientes sesenta y dos semanas, o sea, 434 años; la tercera división es la última semana, la semana número setenta, o sea, los últimos 7 años que completan los 490 años.
 
A su vez, estas divisiones están separadas entre sí por acontecimientos importantes. Comienzan las primeras siete semanas de años con el decreto del rey Artajerjes, en el mes de Nisán (abril), 445 años a. C. para reedificar los muros y la ciudad de Jerusalén. La historia comprueba que esta obra de reconstrucción bajo el mando de Nehemías duró exactamente siete semanas de años, o sea, 49 años. Las sesenta y dos semanas siguientes dan comienzo, desde la terminación de la reconstrucción de Jerusalén hasta la muerte de Cristo, exactamente sesenta y dos semanas de años, 434 años.
 
Cristo fue rechazado por Israel, como su Mesías, y hasta el día de hoy Israel, como nación, le rechaza, “a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11). Por la incredulidad de Israel Dios visitó a los gentiles para tener de ellos pueblo para su nombre, y por esta razón “a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hijos de Dios” (Juan 1:12). El reloj de los tratos directos de Dios con Israel se detuvo con la muerte de Cristo, esto es al concluir sesenta y nueve semanas de años, o sea, 483 años.
 
Así, como en los casos pasados, Dios no contó el tiempo de supremacía gentil hoy. Y desde la muerte de Cristo, y por causa del rechazo de Cristo por parte de Israel, el tiempo no está siendo contado con relación a los tratos de Dios con Israel, pues Dios está visitando a los gentiles para tomar de ellos pueblo para su nombre.
 
Esta detenido el tiempo con relación a los tratos directos de Dios con Israel y aún falta una semana de años por cumplirse, la semana número setenta de la profecía de Daniel, 7 años durante los cuales Dios tratará directamente con Israel y se consumarán todos los propósitos de Dios con relación a Israel y a Jerusalén y al final Israel reconocerá y aceptará a Cristo como su Mesías.
 
Pero mientras Dios esté tomando, salvando, pueblo entre los gentiles; mientras la Iglesia de Jesucristo esté presente en el mundo, Dios no se volverá a Israel como nación. Tiene la Iglesia que subir al cielo, tiene que producirse el levantamiento de la Iglesia, tienen los muertos en Cristo que resucitar primero y luego nosotros los que vivimos ser transformados y arrebatados en las nubes para recibir al Señor en el aire (1 Tesalonicenses 3:13-17).
 
El apóstol Pedro refiriéndose al tiempo cuando Dios termine de tomar pueblo para su nombre entre los gentiles dice: “Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, y le volveré a levantar” (Hechos 15:16). Y sobre lo mismo el apóstol Pablo dice: “Y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos, cuando yo quite sus pecados” (Romanos 11:26-27).
 
Cuando suba la Iglesia, que ha de ser de un momento a otro, comienza a contar la semana número setenta de la profecía de Daniel. Los 7 años del gobierno del anticristo, cuando Israel es duramente probado, especialmente en los últimos 3 años y medio. Y luego, al concluir la semana será gloriosamente libertado, pues, inmediatamente después de la tribulación, aparecerá la señal del Hijo del Hombre, y lo verán viniendo sobre las nubes, con poder y gran gloria y se afirmarán sus pies sobre el monte de los Olivos, que está frente de Jerusalén al oriente (Mateo 24:29-30; Zacarías 14:4).
 
Como las sesenta y nueve anteriores, esta semana número setenta está determinado sobre el pueblo de Israel, sobre el pueblo y sobre la ciudad de Jerusalén. Todas estas semanas, ni las sesenta ya cumplidas, ni la número setenta que está por cumplirse, nada tienen que ver con la Iglesia, es con Israel.
De hecho, la semana número setenta no se cumplirá mientras la Iglesia esté en el mundo, para que los juicios y las grandes pruebas de la semana número setenta vengan sobre el incrédulo Israel y sobre todo el mundo rebelde, Dios sacará del mundo a la iglesia. Así como sacó del mundo y se llevó al cielo a Enoc antes que venga el juicio diluvio; así como libro a Lot del fuego y la destrucción de Sodoma; así como Daniel estuvo ausente del horno de fuego; así también librará el Señor a su Iglesia de los juicios de la gran tribulación, la semana número setenta que se avecina. Y es por esto que el Señor mismo dice: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo” (Juan 14:3). “Entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo en un molino; la una será tomada, y la otra será dejada” (Mateo 24:40-41); “vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta. Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco” (Mateo 25:10-12).
 
Algunos dicen que la Iglesia pasará por la gran tribulación, pero es evidente que aquellos creyentes que no estén preparados para el levantamiento de la iglesia, sí tendrán que pasar por la gran tribulación; pues uno, los preparados serán tomados, y los otros, los no preparados, serán dejados.
 
Cinco vírgenes entraron a las bodas, cinco fueron dejadas fuera. ¿Está usted preparado viviendo en santidad? “Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor” (Mateo 24:42).
 
En este mismo instante puede usted, arrepintiéndose de sus pecados, recibir a Cristo en su corazón como su Señor y Salvador. Amén.

jueves, 8 de marzo de 2012

Por fe andamos...

Por fe andamos...
Rev. Luis M. Ortiz
El pueblo de Israel estaba en cautiverio en Egipto, pero Dios les lanzó el reto a seguirle para conducirles a una “tierra que fluye leche y miel”.
Cuando partieron, querían llegar enseguida sin ningún contratiempo. Ellos no estaban preparados para pelear contra los gigantes, moradores de aquellos lugares. Su fe no estaba edificada como para conquistar ciudades. Dios optó por conducirlos cruzando el Mar Rojo, a través de desiertos inhóspitos donde no había agua ni alimentos, de manera que tuviera la oportunidad de mostrar Su amor, Su poder, cuidándolos y ayudándoles en todas las cosas.
 
Dios quería que aprendieran a confiar y a depender enteramente de Él. Por eso, cuando tenían de frente al Mar Rojo, a sus lados inexpugnables montañas, y detrás el ejército del Faraón que les perseguía, Dios mostró Su amor y poder, y dividió el mar, y el pueblo cruzó a salvo.
 
Por eso, no habiendo agua en el desierto, Dios hacía que de la roca brotara agua. No habiendo alimento, les mandaba cada mañana el maná del cielo. No habiendo sombra en el desierto, les hacía sombra en el calor del día con la nube. No habiendo luz, les alumbraba en la noche con la columna de fuego. No habiendo ley en el desierto, les dio Ley. No habiendo templo, les proveyó de un tabernáculo desmontable. Dios quería que ellos ejercieran su fe en Él para cada necesidad.
 
Pero de muchos de ellos, no se agradó. No querían vivir dependiendo por fe en las promesas de Dios, y puesto que “sin fe es imposible agradar a Dios”, cayeron postrados en el desierto.
 
Y el Espíritu nos dice que estas cosas fueron escritas para nuestra advertencia, para que no caigamos en las mismas dudas, incredulidad y desobediencia.
 
Hay los que piensan que vivir por fe es vivir en necesidad y en penurias. Si su fe está puesta en hombres y en recursos humanos, éstos siempre fallan. Pero si está puesta en la inmutable fidelidad de la Palabra de Dios y en los inagotables recursos de la gracia y el poder de Dios, usted vivirá una vida victoriosa, de contentamiento tanto en la abundancia como en la escasez, porque sabe que todo lo puede en Cristo que le fortalece... que Dios suplirá todo lo que le falta conforme a sus riquezas en gloria; porque sabe que no hay muro que resista al impacto de la fe, no hay boca de león que se abra ante el testimonio de la fe, que no hay gloria mayor que la gloria de la fe.
 
La Biblia dice: “La justicia de Dios se revela por fe y para fe... Mas el justo por la fe vivirá”.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Tú Aumentarás mis Fuerzas

Aunque sienta que no tenga fuerzas y me domine el cansancio, Sé que tu aumentarás mis fuerzas y podré continuar.
Salmos 92: 10
Pero tú aumentarás mis fuerzas como las del búfalo; Seré ungido con aceite fresco.
Isaías 40:29
El da fuerzas al fatigado, y al que no tiene fuerzas, aumenta el vigor.
Salmos 29:11
El SEÑOR dará fuerza a su pueblo; el SEÑOR bendecirá a su pueblo con paz.
Salmos 68:35
Imponente eres, oh Dios, desde tu santuario. El Dios mismo de Israel da fortaleza y poder al pueblo. ¡Bendito sea Dios!
Isaías 41:10
No temas, porque yo estoy contigo; no te desalientes, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré, ciertamente te ayudaré, sí, te sostendré con la diestra de mi justicia.

El Alfarero Celestial

El Alfarero Celestial


Rev. Luis M. Ortiz
En el libro del profeta Jeremías 18:6, leemos: “¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? dice Jehová.
He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel”.
 
EL ALFARERO CELESTIAL Y TRES VASIJAS ESPECIALES
 
En Jeremías 18:1-6, leemos: “Palabra de Jehová que vino a Jeremías, diciendo: Levántate y vete a casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras. Y descendí a casa del alfarero, y he aquí que él trabajaba sobre la rueda. Y la vasija de barro que él hacía se echó a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla. Entonces vino a mí palabra de Jehová, diciendo: ¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? Dice Jehová. He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel”.
 
Antes de considerar este pasaje, notemos el lugar tan prominente que ocupa la Palabra de Dios en el mismo. Fue por palabra de Dios que Jeremías fue a casa del alfarero. Una vez en el taller del alfarero recibió el mensaje de la palabra de Dios, mensaje que luego comunicó al pueblo. Jeremías es enviado a la casa, o al taller del alfarero, no a predicar un sermón, sino a recibir uno de parte de Dios, a través del alfarero en su taller, para que luego lo predicara al pueblo.
 
Aquí hay un mensaje especial para el pueblo de Israel en aquel tiempo, y en nuestro tiempo, pero en esta ocasión queremos ocuparnos del Alfarero celestial y tres vasijas especiales. El Alfarero Celestial es Dios. El taller del Alfarero es esta Tierra, la cual vino a ser como su taller, pues el Alfarero Celestial trabajó con barro, y “formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7). Ésta es la primera vasija.
 
LA PRIMERA VASIJA
 
Jeremías notó en el taller del alfarero que la primera vasija “se echó a perder”. Es interesante notar que no fue por error de parte del alfarero, sino en la naturaleza del mismo barro. Y esta primera vasija de barro, que hizo el Alfarero celestial, o sea, el primer Adán, se echó a perder. Desobedeciendo a Dios, pecó contra Él y se alejó de Dios. Pecó contra su espíritu, y éste murió, pues quedó separado de Dios. Pecó contra su alma, y ésta se corrompió en vicios y pecados. Pecó contra su cuerpo y éste enfermó hasta volver al polvo. Pecó contra su posteridad, pues “el pecado entró en el mundo por un hombre... así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12), “y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).
 
Pero el profeta, también ve que el alfarero “hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla”. Esto es, esta segunda vasija, el alfarero la hizo mucho mejor. De igual modo, “cuando vino el cumplimiento del tiempo”, el Alfarero celestial volvió a bregar con el barro de la naturaleza humana, y “la virgen concebirá, y dará a la luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14), y “envió a su Hijo, nacido de mujer” (Gálatas 4:4).
 
LA SEGUNDA VASIJA
 
Este es el postrer Adán, o sea, la segunda vasija, la cual ciertamente quedó perfecta, maravillosamente perfecta. ¡Él es Admirable! “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14). “En él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:9). “E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1 Timoteo 3:16). “Nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca” (Isaías 53:9). “No conoció pecado” (2 Corintios 5:21). “Santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (Hebreos 7:26).
 
Y así como el enemigo atacó y logró echar a perder la primera vasija, el primer Adán, aún con mayor fuerza atacó y trató de dañar y echar a perder esta segunda vasija, el postrer Adán, nuestro Señor Jesucristo, por medio de la muerte prematura, la tentación, la persecución, el insulto, la acusación falsa; fue crucificado, y allá en la cruz, “despojando a los principados y a las potestades (a Satanás y su poderío), los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:15).
 
La segunda vasija, nuestro Señor Jesucristo, triunfó cabalmente y decretó el eterno confinamiento del enemigo en el lago de fuego y azufre. Pero en el pasaje del profeta Jeremías hay una vasija: Dios dice: “¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero…? Dice Jehová. He aquí que como el barro en la mano de alfarero, así sois vosotros en mi mano” (Jeremías 18:6). La primera vasija Adán es básicamente barro con el soplo del Espíritu de Dios, o sea la naturaleza humana con el aliento de vida de Dios. La segunda vasija, el postrer Adán, Cristo, es básicamente la Divinidad concebida en el barro por la obra del Espíritu Santo, o sea, la plenitud de la Divinidad, habitando corporalmente en la naturaleza humana (Colosenses 2:9).
 
LA TERCERA VASIJA
 
La tercera vasija que Dios hace es básicamente la presencia de la naturaleza Divina en el barro, que el apóstol Pedro le llama “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4). En la naturaleza humana se produce por un acto de engendro de Dios (Juan 1:13), y el resultado es un nuevo nacimiento, “nacido del Espíritu” de Dios (Juan 3:1- 8), “nacido de Dios” (1 Juan 5:1), “renacidos… por la Palabra de Dios” (1 Pedro 1:23), y “hechos hijos de Dios” (Juan 1:12; 1 Juan 3:1-2) y recibe la vida eterna (Juan 3:16) por el cual “nueva criatura es (o nueva creación); las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
 
Esta “participación de la naturaleza divina” en la naturaleza humana, o sea, esta regeneración, esta transformación, este nuevo nacimiento, esta criatura, es característica única del verdadero Evangelio de Jesucristo.
 
En las religiones paganas, o pseudos-cristianas, no se produce un cambio, una transformación, un nuevo nacimiento, las cosas viejas no pasan y nada es hecho nuevo. El verdadero Evangelio es el único que reconoce la naturaleza caída y corrompida del hombre y la regenera, la transforma y le imparte la vida de Dios, la vida eterna. Esta es la necesidad básica, temporal y eterna del ser humano; es una necesidad urgente del alma. ¡Ser transformado, recibir la vida de Dios!
 
Coloquémonos en las manos del Señor como el barro en las manos del alfarero para que el Señor nos transforme. Él nos pueda hacer una nueva criatura, darnos vida eterna, y hacernos una vasija de “honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2 Timoteo 2:21).
 
Rinde tu vida al Señor, para que seas un vaso útil en sus manos, alcanzando también a otros con su favor.