jueves, 7 de junio de 2012

El martirio de Policarpio


El martirio de Policarpio

Los cristianos de los primeros siglos debieron enfrentar sangrientas y crueles persecuciones. La entrega al Señor y la profunda fe impidieron que el falso poder humano pudiera derrotar el crecimiento de la Iglesia.
La persecución contra los cristianos alcanzó una crueldad sin límites en el Asia Menor, donde, entre otros muchos, padeció el martirio el venerable Policarpo. Hay una carta circular, escrita por la Iglesia de Esmirna, que ha conservado la relación de aquel suceso. Por su importancia, la reproducimos casi por entero.

En la carta se comentan los tormentos que sufrían los cristianos de aquella región, señalando especialmente el entusiasmo y el calor demostrado por un tal Germánico, quien, una vez, arrojado a las fieras, en vez de temblar ante ellas, las excitaba. La multitud se maravillaba del valor de los cristianos, sin que por eso los mirara con más simpatía. Al contrario; la entereza de Germánico excitó de tal modo a la muchedumbre que, en el colmo de su furor, gritaba: "¡Matad a los ateos! ¡Que traigan a Policarpo!"

Al principio, Policarpo se había propuesto no salir de la ciudad; pero, cediendo a las instancias de sus amigos, salió por fin al campo, donde perseveraba en la oración. Tres días antes de ser preso, tuvo una visión: la almohada donde apoyaba su cabeza, la vio rodeada de llamas. Voy a ser quemado por Jesucristo, dijo proféticamente a los que se encontraban en su compañía. Uno de sus criados que había sido preso, no pudiendo soportar la tortura, denunció a Policarpo, quien avisado oportunamente, desdeñó la ocasión que se le ofrecía huir, contestando a los que se lo suplicaban: ¡Cúmplase la voluntad de Dios! Cuando le avisaron de la llegada de sus perseguidores, bajó de la cámara alta y ordenó que se les diera de comer, al par que suplicaba a sus enemigos que le concedieran un momento para consagrarse a la oración. En sus ruegos, acordóse de todas las personas que había conocido, grandes y pequeños, dignos e indignos, y oró por la Iglesia esparcida por todo el mundo. Así permaneció durante más de dos horas, con tal unción, que los que habían ido a prenderle lamentábanse de la suerte de un hombre tan piadoso y tan venerable.

Después, fue llevado a la ciudad, montado en un borrico. Antes de llegar a ella, encontraron al primer magistrado que acompañaba a su padre y, colocándolo en su carruaje, procuraron hacerle vacilar de su fe.

-Vamos –le decían– ¿qué mal puede venirte si te decides a sacrificar, pronunciando sencillamente estas palabras: Señor César?

A pesar de aquella insistencia, Policarpo permaneció silencioso, hasta que a los ruegos de sus acompañantes, replicó: Nunca seguiré vuestro consejo. Ellos, enojados, le injuriaron y le arrojaron del carro con tanta violencia, que se produjo una dislocación en un pie. Impasible ante el mal que le aquejaba, hostigó a su cabalgadura a llegar cuanto antes a la ciudad.

Ya en el circo, miró resignado aquella multitud que lo llenaba, ávida de la sangre del varón ferviente. Mientras entraba –añade la carta–, oyóse una voz del cielo, que decía: ¡Esfuérzate, Policarpo, ten valor! Al tiempo que la muchedumbre daba gritos ensordecedores, al verlo en la pista.

Conducido a la presencia del procónsul preguntó éste:


-¿Eres tú Policarpo?
-Sí, contestó.
-Pues jura por la fortuna de César. ¡Arrepiéntete y di que los ateos sean cercenados de este mundo!

Policarpo, volviéndose gravemente hacia la multitud que le rodeaba y señalándola con la mano, mirando al cielo, gimió diciéndole:

-Sí, ¡qué los ateos sean cercenados de este mundo!
-Jura por la fortuna de César –añadió el procónsul–, maldice a Cristo, y te devuelvo la libertad.
-Hace ochenta y seis años que le sirvo y no me hizo ningún daño, ¿cómo podré maldecir a mi Rey y Salvador? Ya que parecéis ignorar quien soy, os diré con franqueza que soy cristiano, indicadme el día, y yo os lo diré.
-Dirigíos al pueblo.
-Yo he aprendido a honrar los poderes establecidos por Dios, motivo que me obliga a responderos; en cuanto al pueblo, no lo considero digno de que oiga mi defensa.
-Tenemos las fieras, a las que os echaré si no os arrepentís.
-Haced lo que queráis; no es posible abandonar el bien para abrazar el mal.
-Ya que no teméis a las fieras, seréis quemado vivo, si no os arrepentís.
-El fuego a que me condenáis llamea un instante; después se extingue, y es preciso saber que hay otro fuego que no se extinguirá nunca, reservado en el último juicio para los impíos. ¿Qué esperáis? Realizad en mí vuestro propósito.

El procónsul ordenó, desde luego, que un heraldo lo condujera en medio del circo y anunciara por tres veces que Policarpo había confesado que era cristiano.

Furiosa la muchedumbre, daba gritos, diciéndole: ¡Éste es el doctor del Asia, el padre de los cristianos, el destructor de nuestros dioses! Seguidamente, llamaron al asiarca (el presidente de los juegos)1, pidiéndole que lanzara un león a Policarpo. El asiarca negóse a ello, alegando que había concluido la temporada de los juegos. Entonces todo el pueblo dio voces, diciendo: ¡Quemadle! ¡Quemadle!

La multitud lo arrojó a la calle, buscando las tiendas donde vendieran maderas, y en los baños, haces de leña. Los judíos se mostraron los más ardientes: la hoguera quedó formada en pocos instantes.

Policarpo se quitó los vestidos, desabrochó su cinto y, como quisieran sujetarle con clavos al madero, dijóles: Dejádme, que Aquel que me da las fuerzas para resistir al fuego me las dará también para que inmóvil me consuma la hoguera.

Entonces le ataron con sogas y Policarpo, dirigiendo la mirada al cielo, oró:

Señor, Dios Todopoderoso, Padre de Jesucristo, tu Hijo amado, y bendito, por quien hemos recibido la ventura de conocerte, te doy gracias porque me has juzgado digno de este día y de esta hora, contándome el número de tus mártires y haciendo que participe con ellos del cáliz de Jesucristo, para resucitar alma y cuerpo a la vida eterna y gozar de la incorruptibilidad por tu Santo Espíritu. ¡Pueda yo ser recibido hoy en medio de tus elegidos como víctima agradable! ¡Oh, Dios verdadero y fiel! Como lo habías preparado y manifestado de antemano, así lo has cumplido. Yo te alabo, ¡oh Dios!, por todas estas cosas; te bendigo, te glorifico al par que a Jesucristo, tu eterno hijo, divino y amado, al cual, como a Ti y al Espíritu Santo, sea la gloria desde ahora y para siempre.

Encendida la hoguera, se levantó una gigante llamarada que formó alrededor del cuerpo del mártir como una bóveda, parecida a la vela hinchada de un buque, semejante a oro o plata que brilla en el crisol, al mismo tiempo que al cuerpo de aquel sufrido mártir descendía un olor suave a incienso, mezclado con perfumes deliciosos.

Uno de los verdugos, viendo que el fuego no llegaba a él, se acercó y le atravesó con una espada. De la herida manaba sangre, con tal abundancia que apagó el fuego. Los fieles procuraron recoger su cuerpo, pero los judíos que habían adivinado su deseo, pidieron al gobernador que no lo permitiera. Tal vez –decían– olviden al Crucificado para adorar a Policarpo.

¡Cómo si fuera posible –añaden los autores de la carta– abandonar a Cristo, que sufrió por la redención del mundo entero, para adorar a otro! Nosotros, adoramos a Cristo: en cuanto a los mártires, solamente los rodeamos de nuestro respetuoso amor, porque han sido los imitadores del Salvador y de sus discípulos."

Y termina la carta diciendo que los fieles recogieron sus calcinados huesos, de más valor para ellos, que "las alhajas más preciosas y que el oro más puro":

"Los colocamos en un sitio a donde pudiéramos llegar, con el permiso de Dios, y celebrar con alegría el aniversario de su martirio".

Permítasenos reproducir las notables reflexiones que el deán Milman hizo al relato que acabamos de leer:

"Toda esta relación lleva impreso el sello de la verdad. La actitud prudente al par que resuelta del anciano obispo, el furor del populacho, los judíos, aprovechando la ocasión de manifestar su odio, siempre vivo, al nombre cristiano, todo está descrito con sencillez y naturalidad. Lo maravilloso de la carta no puede sorprendernos. La exaltada imaginación de los espectadores cristianos transforma en milagro cualquier incidente. La voz del cielo, que solo los fieles pueden percibir, la llama de la hoguera, con tan poco tiempo preparada, formando una bóveda sobre el cuerpo indemne, el olor, suave, producido probablemente por los haces de plantas aromáticas sacadas de las casas de los baños públicos, que se destinaban para calentar los baños a los ricos, la efusión de su sangre, en fin, todo ello podía asombrarles a causa de la decrepitud de un anciano que tendría lo menos cien años de edad. Hasta la visión pudo presentarse a su espíritu en una tan peligrosa crisis"

De Policarpo ha quedado su Epístola a los filipenses, en la cual habla del apóstol Pablo: "Cuando estaba entre vosotros, os enseñaba, fiel y constantemente, la Palabra de Verdad. Cuando estuve lejos de vosotros, os escribí una carta. Si queréis edificaros en la fe, la esperanza y la caridad, estudiadla con cuidado".

Su epístola se compone, casi enteramente, de citas bíblicas y referencias a pasajes de Pablo, pues compone que los filipenses conocían las Escrituras. Andamos que Policarpo no escribió solo en su nombre, sino también en el de los presbíteros y ancianos que estaban con él4.

Debido a su larga vida, Policarpo es, de alguna manera, el lazo que une la época apostólica con el siglo III. Uno de sus discípulos, Ireneo, obispo de Sión, vivía aún en el año 202. En una carta escrita al final de su vida, donde cuenta los recuerdos de su infancia –más frescos en su memoria que muchos sucesos más recientes, según dice¬–, Ireneo da de su reverenciado maestro los detalles siguientes: "Yo podría indicar el sitio donde el bienaventurado Policarpo tenía la costumbre de sentarse a hablar… Me acuerdo de su humor, de sus ademanes, de su talle. Podría repetir sus discursos y, ordinariamente, lo que contaba de sus relaciones familiares con Juan y con otros que habían conocido al Señor. De qué modo repetía sus discursos y hablaba de los milagros de Cristo y su doctrina, como se lo habían contado los que lo habían visto. Todo lo que nos decía de estas cosas estaba de acuerdo con lo que leemos en las Escrituras. Por la gracia de Dios, escuché con mucha atención –anotando cada detalle, no en el papel, sino en mi propio corazón–, lo que refrescó a menudo el recuerdo de mi juventud"5.


Tomado del libro Historia de la Iglesia Primitiva, desde el Siglo I hasta la muerte de Constantino, E. Backhouse y C. Tyler

lunes, 4 de junio de 2012

Nueva Zelanda: Un pueblo desea permanecer a oscuras

Nueva Zelanda: Un pueblo desea permanecer a oscuras

En el libro de Génesis dice que Dios creó el sol, la luna y las estrellas para iluminar la Tierra, y dijo que era bueno. Pero en muchas partes del mundo es difícil ver las estrellas porque hay mucha luz en la noche, pero no en Tekapo, Nueva Zelanda.
Ade Ashford, de profesión astrónomo dice que “Es cada vez más difícil encontrar lugares oscuros en la Tierra, pues la contaminación de la luz urbana oculta las estrellas.”
 
Ubicado en el centro de la Isla sur de Nueva Zelanda, Tekapo lucha por preservar su cielo nocturno. Cientos de astro-turistas llegan cada semana al Observatorio del Monte John, para ver algo que escasea en otras partes del mundo… estrellas!
 
“Veinticinco por ciento de la población mundial no puede ver las estrellas del todo, lo que es una situación muy grave, una generación entera de niños está creciendo sin ver el cielo” agrega Ashford.
 
Paisajes asombrosos
 
Uno de los asombrosos paisajes que se pueden apreciar son la Iglesia del Buen Pastor en Tekapo debajo de la Vía Láctea y la Cruz del Sur, una pequeña pero hermosa Constelación que sólo se puede ver en el hemisferio sur.
 
Sólo un pequeño porcentaje del mundo puede ver la Vía Láctea, pero aquí en Tekapo Nueva Zelanda se ve casi todas las noches.
 
Chris Monson, astrónomo comenta: “es nuestra propia Galaxia, por así decirlo, y es la que mejor conocemos. Pero hay millones, miles de millones de estrellas, entre 100 y 500 mil millones, en nuestra Galaxia.”
 
Desde el Monte John se puede observar también dos galaxias vecinas llamadas las Nubes de Magallanes, cada una con millones de estrellas, pero no solo eso se descubre aquí: “La principal investigación aquí es tratar de descubrir planetas extra solares, es decir planetas que orbitan otras estrellas diferentes al Sol. Conocemos unos 330 de ese tipo el planetas”, dice Ashford.
 
Los visitantes se asombran al ver el cielo nocturno de Tekapo, como manifestaron dos jóvenes de Irlanda: “Debo decir que es maravilloso. Cuando vienes de la ciudad no ves muchas estrellas en el cielo. Es absolutamente fantástico.”
 
“Te hace pensar que hay mucho allá afuera que no conoces y al ver hacia arriba te sientes más cerca de Dios pues hay mucho desconocido y quieres saber más.”
 
Cerca de la Vía Láctea
 
Los astrónomos dicen que la gente muchas veces reacciona con emoción al ver las estrellas: “Me acuerdo en particular de una pareja australiana que vino y la mujer lloró de gozo al poder ver la Vía Láctea por primera vez, algo que ella nunca pensó poder ver”, dice Ashford.
 
Con el deseo de proteger su cielo nocturno para las próximas generaciones, este pueblo de 400 personas ha instalado luces especiales de baja energía cuidadosamente cubiertas y luces caseras enfocadas hacia abajo. Pero esperan ir más allá y quieren ser la primera reserva de luz estelar sancionada por la ONU o como ellos lo llaman: “un parque en el cielo”.
 
Graeme Murray, Director de Turismo y Desarrollo comenta: “Fuimos a la universidad y compartimos la visión de un parque en el cielo lo cual es una visión bastante novedosa y de repente nos encontramos en Paris, y en la UNESCO y se abrieron las puertas y la gente pensaba que no era una idea tan ridícula.”
 
La idea tiene sus desafíos, pues sería la primera vez que un territorio a cielo abierto sea designado patrimonio mundial, pero Murray es optimista: “Pensamos que tendremos éxito con esta iniciativa en este año tan importante en que celebramos 400 años desde que Galileo vio el cielo con un telescopio por primera vez.”
 
Si se aprueba este concepto de reserva estelar, Tekapo y Monte John quedarán en la oscuridad por las generaciones futuras y eso es exactamente lo que quieren.
 

Judios de la Tribu de Manasés regresan a Israel

Judios de la Tribu de Manasés regresan a Israel
En los tiempos bíblicos, eran 12 las tribus en las que se dividía la población de la tierra de Israel. Diez de ellas fueron luego, a raíz del exilio forzado impuesto a los judíos, consideradas “tribus perdidas”. Entre ellas, estaba Manasés o Menashe. En el año 721 AC. fueron expulsados de la tierra de Israel por los asirios y desdel norte del reino de Israel llegaron finalmente a India y Myanmar (ex-Birmania).

Las profecías se cumplen, desde hace aproximadamente 25 años, desde las provinicias de Manipur y Mizoram, llegan informaciones sobre una comunidad que retornó a la religión de sus antepasados: el judaísmo. Su descubrimiento les acercó a Israel y les reconoció como Bnei Menashe, los hijos de Menashe, aunque también se los conoce como Shinlung.

 
Con una mezcla de esperanza, expectativas y algo de preocupación, llegaron días atrás unos 50 miembros de la “tribu perdida”, varios de ellos justamente con el apellido Menashe, como Sara, de 78 años, que afirma: “Desde pequeña me enseñaron que el sueño de la familia era emigrar a Israel. Esta es la tierra de nuestros antepasados”.

 
Sara Menashe llegó con el corazón partido. Dejó cinco hijos en India pero, por otro lado, se reunió con una de sus hijas que vive en Israel, en el asentamiento de Kiriat Arba junto a Hebrón. Otros 166 inmigrantes de la misma comunidad debían llegar de India poco después. Se sumarían a un millar aproximadamente, que se instaló en Israel en los últimos años. Pero en India hay otros 7 mil que todavía no se sabe cuándo y cómo podrán venir. Viven concentrados en los estados de Manipur y Mizoram, en la frontera noreste de India.

 
Desde un punto de vista étnico, los Bnei Menashe son tibetano-birmanos, que en el siglo XIX se convirtieron al cristianismo. No tienen historia escrita, pero sus leyendas populares hablan de una patria lejana de la que se vieron desconectados en algún momento de la historia.

 
Una de las festividades que celebraban algunos grupos de los hoy considerados Bnei Menashe tienen reminiscencias de la historia judía a su criterio. Una canción que se refiere a un festival de la cosecha, habla de hechos que parecen sacados del libro de Éxodo: enemigos persiguiéndolos sobre un mar rojo y una columna de nubes. Las escenas tan parecidas a lo descrito en la historia de Moisés y la liberación de los judíos de Egipto y su cruce del desierto, es para esta comunidad, prueba de sus antecedentes históricos.

 
En los últimos años, se considera que aumentó en 50% la cantidad de creyentes en el origen judío de esta comunidad. Si bien no existen evidencias documentadas que vinculen a las tribus del noreste de India con el mito de las tribus perdidas de Israel, hubo inclusive misioneros cristianos que dijeron haber descubierto en zonas lejanas a descendientes de las mismas. La comunidad misma, hoy en día, afirma no tener dudas al respecto.

 
Pero al conducir el tema de su identidad al paso siguiente, el deseo de inmigrar a Israel, todo se tornó en un principio más complicado, ya que la Ley del Retorno -que da ciudadanía automática a todo judío que desee instalarse en el Estado judío- exige precisamente la confirmación de la identidad. Dadas las dudas y numerosos interrogantes al respecto, los Bnei Menashe pasaron un proceso de conversión oficial, supervisado por rabinos de Israel, previos preparativos para su práctica religiosa.
 
Fuente:AcontecerCristiano.net

Instrumento escogido

Instrumento escogido

Rev. Luis M. Ortiz
“Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.” Hechos 9:15, 16.
“El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre”, (Hechos 9:15, 16). Estas palabras fueron dichas por el Señor Jesucristo a Ananías mientras conversaba con Dios por la conversión de Saulo.
 
La primera mención de Saulo de Tarso la encontramos en el martirio de Esteban, leemos: “Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo” (Hechos 7:58).
 
En ese tiempo, entre los judíos, una persona era joven hasta los cuarenta años. Saulo de Tarso era rector de la ley, era Rabí, para dar el voto a la muerte de Esteban tenía que pertenecer al sanedrín, el concilio o el consejo que gobernaba en materia religiosa, pues dice que Saulo consentía en su muerte, y para pertenecer a ese cuerpo que era el más elevado entre los judíos, debía tener más de treinta años, era la costumbre que los que tenían que iniciar el apedreamiento de un reo, eran los testigos en su contra y para apedrear a Esteban estos quitaron su túnica exterior y las pusieron a los pies de Saulo de Tarso, lo cual le señalaba como el dirigente de la oposición del Evangelio y de la persecución a los cristianos, y hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto sobre él (Hechos 8:2).
 
Después de la muerte de Esteban, la persecución encabezada por Saulo de Tarso arrecio, pues nos dice el texto sagrado, que “en aquel día hubo una gran persecución contra la Iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por la tierra de Judea y Samaria, salvo los apóstoles” (Hechos 8:1). “Y Saulo asolaba a la Iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel” (Hechos 8:3). Puesto que muchos cristianos fueron esparcidos por doquier, Saulo no satisfecho por perseguirlos en Jerusalén, quiso ampliar su radio de acción, y “respirando aún amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén” (Hechos 9:1-2).
 
“Más yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, más sin ver a nadie. Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le metieron en Damasco, donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió” (Hechos 9:3-9).
 
“Había entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor dijo en visión: Ananías. Y él respondió: Heme aquí, Señor, y el Señor le dijo: Levántate, y ve a la calle que se llama Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de Tarso; porque he aquí, él ora, y ha visto en visión a un varón llamado Ananías, que entra y le pone las manos encima para que recobre la vista. Entonces Ananías respondió: Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén; y aun aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre. El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre. Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo. Y al momento le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista; y levantándose, fue bautizado. Y habiendo tomado alimento, recobró fuerzas. Y estuvo Saulo por algunos días con los discípulos que estaban en Damasco” (Hechos 9:10-19).
 
Y verdaderamente Saulo de Tarso, cuyo nombre en su conversión fue cambiado a Pablo, fue un verdadero instrumento escogido en las manos del Señor, en el camino a Damasco de las cenizas del terrible perseguidor, se levantó el gran paladín del Evangelio, el intrépido apóstol de los gentiles, el gran intérprete de Cristo, el más grande misionero, evangelista, maestro, pastor de toda la historia de la Iglesia.
 
Amados, el ministerio cristiano es la ocupación más noble y digna debajo del sol, el verdadero hombre de Dios es un instrumento escogido en las manos de Dios, y es la persona más necesaria en la comunidad, me refiero al verdadero hombre de Dios, no a la caricaturas, ni a los imitadores, ni oportunistas, ni farsantes, ni mercaderes del templo, que abundan en todas las vocaciones y profesiones, como el sacerdocio, la medicina, la abogacía, la docencia, la literatura, la legislatura, los ejecutivos públicos y privados, la política, la banca, la industria, pero quiero repetir que me refiero al verdadero hombre de Dios que los hay muchos.
 
Para poder reafirmar que el verdadero hombre de Dios es la persona más necesaria en la comunidad, el hombre de Dios es más necesario que el comerciante, porque este compra y vende, pero el hombre de Dios compra la verdad y no la vende. Es más necesario que el electricista, porque este conecta los cables para el servicio eléctrico, pero el hombre de Dios conecta al creyente con Dios, la fuente de la vida eterna. Es más necesario que el ingeniero, porque este crea y construye puentes, pero el hombre de Dios señala el camino y el puente de la fe, que es Cristo para llegar al Cielo. El hombre de Dios es más necesario que el abogado, porque este defiende causas justas y causas injustas, pero el hombre de Dios defiende la causa más justa del tiempo y de la eternidad, eso es la salvación del alma.
 
Es más necesario el hombre de Dios que el juez, porque este juzga en cuestiones temporales de la ley humana, pero el hombre de Dios juzga en cuestiones eternas y espirituales de la ley divina. Es más necesario que el médico, porque este diagnostica y receta, algunas veces acierta, otras veces no, y otras veces hace daño en las enfermedades y causas físicas, pero el hombre de Dios siempre acierta en el diagnóstico que es el pecado, siempre acierta en la medicina que es la sangre de Cristo y en el resultado que es la vida eterna. El verdadero hombre de Dios es más necesario en la comunidad que el banquero, porque el capital de este es material y transitorio, pero el capital del hombre de Dios es espiritual y eterno.
 
Es más necesario que el publicista, porque este propaga noticias buenas y malas, pero el hombre de Dios propaga las buenas nuevas de la salvación en Cristo Jesús. Es más necesario que el catedrático universitario, porque este enseña ciencia que en pocos años quedan obsoletas y caducos, pero el hombre de Dios enseña la Palabra de Dios que permanece para siempre. Es más necesario que el agricultor, porque este siembra y cultiva la semilla para el sustento de la vida humana, pero el hombre de Dios siembra y cultiva la simiente que es la Palabra de Dios que sustenta la vida espiritual y eterna. Es más necesario que el político, porque este procura arreglar las condiciones en la patria terrenal, pero el hombre de Dios transforma al individuo y lo hace mejor ciudadano de la patria terrenal y ciudadano auténtico de la patria celestial.
 
El verdadero hombre de Dios es más respetado que cualquier otra vocación o profesión. La sociedad puede vivir y ha vivido sin la integración del átomo, sin astronautas, sin cohetes, sin naves espaciales, sin satélites, sin rayos láser, sin computadoras y sin ingeniería genética; pero de no haber habido un hombre obediente como Noé, la raza hubiera sido exterminada; de no haber habido un hombre de fe como Abraham, el plan de redención no se hubiera iniciado, de no haber habido un hombre tan manso como Moisés, el pueblo del cual había de venir el Mesías, hubiese perecido en el desierto; de no haber habido un hombre sabio y abnegado como Daniel, no hubiésemos recibido las revelaciones de la sucesión de los imperios mundiales, hasta el último de los dictadores terroristas, que es el anticristo.
 
De no haber habido hombres de Dios llenos del Espíritu Santo, como los apóstoles y los mártires, el Evangelio hubiese muerto al nacer en Jerusalén. De no haber habido hombres valientes como Lutero, la Biblia hubiese permanecido enclaustrada, polvorienta y prohibida para el pueblo y la fe evangélica hubiese sido ahogada en ríos de sangre de los mártires en las inquisiciones. De no haber habido un hombre de Dios decidido y consagrado como Juan Wesley, Inglaterra se hubiera aferrado a la anarquía y a la ruina. Y si no hubiera habido el Dios hombre, nuestro Señor Jesucristo, la raza humana en su totalidad desde Adán hasta el último mortal, hubiese quedado cautiva y perdida en el lago de fuego junto con Satanás y los demonios por toda la eternidad.
 
Han sido y son los verdaderos hombres de Dios, los instrumentos en las manos de Dios, que han sido y son la sal de la tierra y la luz del mundo, que resplandecen como luminarias en el mundo, que son columnas y apoyo de la verdad, linaje escogido, real sacerdocio, gente santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciemos las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable, de los cuales el mundo no es digno.
 
El propio Saulo de Tarso que pensaba entrar a Damasco, como el gran e invencible campeón contra los cristianos, tuvo que entrar ciego tomado de la mano, a buscar ayuda espiritual de un hombre de Dios, a Ananías, precisamente a quien él iba a perseguir. “Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo” (Hechos 9:17).
 
El propio Saulo de Tarso que pensaba entrar a Damasco, como el gran e invencible campeón contra los cristianos, tuvo que entrar ciego tomado de la mano, a buscar ayuda espiritual de un hombre de Dios, a Ananías, precisamente a quien iba a perseguir.
 
Amados, pero a la vez que el verdadero hombre de Dios, es el hombre más necesario y útil en la comunidad, es también el más sufrido, si alguien va a hacer un instrumento en las manos de Dios, el tal tiene que ser preparado en las manos de Dios de la manera que Dios cree necesario, como el alfarero que le da la forma como quiere al barro, o como las manos de Cristo partiendo el pan para alimentar a la multitud.
 
O como al propio Pablo que habiendo sido privado en Jerusalén e instruido a los pies de Gamaliel, circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos, en cuanto a la ley fariseo, en el judaísmo aventajaba a muchos de sus contemporáneos en su nación, siendo mucho más que otros en las tradiciones de sus padres, pero el Señor lo llevó a un retiro de varios años en Arabia para moldearlo y prepararlo, de manera que pudiera decir: “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo” (Filipenses 3:7-8). De modo que Pablo entendió que sus títulos y credenciales no era lo que realmente necesitaba para la labor que el Señor le había encomendado y cuando reconoció esto, fue entonces que recibió las grandes revelaciones y ministerios de la iglesia.
 
El Señor le dijo a Ananías refiriéndose a Saulo: “Porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre”, y el apóstol en plena labor escribió: “Que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, más no desesperados; perseguidos, más no desamparados; derribados, pero no destruidos… en tribulaciones, en necesidades, en angustias; en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos; en pureza, en ciencia, en longanimidad, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero, en palabra de verdad, en poder de Dios, con armas de justicia a diestra y a siniestra; por honra y por deshonra, por mala fama y por buena fama; como engañadores, pero veraces; como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, más he aquí vivimos; como castigados, más no muertos; como entristecidos, más siempre gozosos; como pobres, más enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo… en trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces. De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias” (2 Corintios 4:8-9; 6:4-10; 11:23-28).
 
Desde temprano los enemigos del apóstol, le acusaban de ser voluble, carnal, que se enseñoreaba, que era duro e insensible, que no perdonaba, que falsificaba la Palabra, que no daba cartas de recomendación, que era incompetente, mediocre, que adulteraba la Palabra, que se predicaba asimismo, que se desalentaba, que se enseñoreaba, que estaba loco, que no tenía ministerio, que era un tropezadero, que agraviaba, que era un dictador, que solicitaba ofrendas, que era muy exigente, que andaba según la carne, que amedrentaba a los hermanos, que era corto en la palabra, que despojaba a las iglesias, que era una carga, que no se preocupaba de los hermanos, que no era apóstol, que era engañador, que era débil. El apóstol resume todo lo que él había pasado por el nombre de Cristo en una sola frase: “yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús” (Gálatas 6:17).
 
Amados, esta es la medida de que Dios puede usar una vida, la medida del padecimiento por el nombre del Señor y de la Obra de Dios. En el año 1978 el Señor me habló y me dijo: “que los años más fructíferos de mi ministerio estaban por delante”, a los dos meses me habló sobre lo mismo, me reafirmó lo mismo y añadió: “que el precio sería más y mayores padecimientos”. Y así fue, después de esas palabras del Señor, comenzamos a sufrir como nunca antes habíamos sufrido por el nombre y la Obra del Señor, pero a la vez jamás el Señor se había glorificado tanto, pues la Obra había crecido y desarrollado tanto.
 
Dios mantiene a sus verdaderos hombres alternando entre la tormenta y la bonanza, entre la mirra y la miel, entre el desprecio y el reconocimiento. Al apóstol Pablo le fue dado un aguijón en su carne, un mensajero de Satanás que le abofeteara para que no se enalteciera sobremanera (2 Corintios 121:7-9). Esto Dios lo permite para que su instrumento no olvide que tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no de los hombres, por esto puede que el hombre de Dios ascienda hoy a las alturas del monte de la transfiguración, y mañana puede que esté en el valle de la aflicción.
 
El verdadero hombre de Dios puede hoy levantar su voz y su predicación y mañana puede estar tembloroso, siendo acusado como falso apóstol. Hoy puede estar jubiloso por el éxito, mañana puede estar frustrado por la adversidad. Hoy todos le buscan, mañana todos lo dejan. El verdadero hombre de Dios está siempre en el yunque en el cual Dios lo está formando conforme la voluntad divina y a la necesidad y condición del pueblo, aunque otros quieran hacer lo que quieran, el verdadero hombre de Dios no puede. Pablo dijo: “todo me es lícito, pero no todo conviene” (1 Corintios 10:23), otros podrán buscar sus propios intereses, el verdadero hombre de Dios no; otros podrán tratar de perseguir sus propias metas, el verdadero hombre de Dios no; otros podrán vanagloriarse, el verdadero hombre de Dios no lo hará; otros podrán darse mucha promoción y publicidad, el verdadero instrumento de Dios no lo hará; otros podrán ser reconocidos y homenajeados, pero a los instrumentos escogidos de Dios, Dios prefiere mantenerlos en el fragor de la batalla y otras veces bajo la sombra del Omnipotente.
 
Veamos al patriarca Abraham que después del gran conflicto en el monte Moriah en la ocasión del sacrificio de su amado hijo Isaac, por su obediencia, Dios le confirmó el pacto con relación a su descendencia y lo llamó amigo. Veamos al gran Moisés, abriendo y cerrando el Mar Rojo, y también veamos en su angustia enterrando el rostro en tierra ante la insolente rebelión de Coré y de su séquito. Veamos al poderoso profeta Elías, después de hacer bajar fuego del cielo en el monte Carmelo, lo vemos después en gran aflicción huyendo como una hoja azotada por el viento, escondido en una cueva y deseando la muerte. En toda la historia de la Iglesia no ha habido otro hombre de Dios que haya interpretado mejor a Cristo y su Evangelio, que haya recibido la revelación del misterio de la Iglesia y que haya influenciado más en la vida espiritual de la Iglesia en toda su historia como el apóstol Pablo, pero aún no ha habido otro hombre de Dios que haya padecido más por el nombre de Cristo que el apóstol Pablo.
 
Quien quiera el ungido manto de Elías, juntamente da, las amargas aflicciones del logro, las angustias de la huida por el odio de Jezabel, el escondite en la cueva de Horeb, la apatía y la indiferencia del pueblo. Quien quiera el éxito del ministerio de Pablo, acepte los padecimientos del ministerio de Pablo, quien quiera la gracia y la visión de Pablo, acepte el aguijón que abofeteaba a Pablo, quien quiera la posición de Pablo en la Iglesia, acepte las agonías y martirios de Pablo en el trabajo de la Iglesia.
 
Y desde luego tenemos el ejemplo cumbre de nuestro Señor Jesucristo, que en un solo capítulo de la Biblia, que tiene solo doce versículos, Isaías 53, que registra 39 clases de padecimientos de nuestro Señor, y que luego el Espíritu Santo usando al apóstol Pablo resume como sigue: “Haya pues en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual siendo en forma de Dios , no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:5-11).
 
DIOS MANTIENE A SUS VERDADEROS HOMBRES ALTERNANDO ENTRE LA TORMENTA Y LA BONANZA, ENTRE LA MIRRA Y LA MIEL, ENTRE EL DESPRECIO Y EL RECONOCIMIENTO. AL APÓSTOL PABLO LE FUE DADO UN AGUIJÓN EN SU CARNE, UN MENSAJERO DE SATANÁS QUE LE ABOFETEARA PARA QUE NO SE ENALTECIERA SOBREMANERA.
 
EN TODA LA HISTORIA DE LA IGLESIA NO HA HABIDO OTRO HOMBRE DE DIOS QUE HAYA INTERPRETADO MEJOR A CRISTO Y SU EVANGELIO, QUE HAYA RECIBIDO LA REVELACIÓN DEL MISTERIO DE LA IGLESIA Y QUE HAYA INFLUENCIADO MÁS EN LA VIDA ESPIRITUAL DE LA IGLESIA EN TODA SU HISTORIA COMO EL APÓSTOL PABLO.

viernes, 1 de junio de 2012

Doble trasplante de brazos para la madre que sacrificó todas sus extremidades para dar a luz

Una mujer que prefirió que le amputaran todas las extremidades y una parte de los órganos internos para salvar a su bebé, se convertirá en la primera persona en EE. UU. que será sometida a un doble trasplante de brazos.
En febrero del 2010 cuarenta médicos en el estado norteamericano de Texas lucharon durante más de 15 horas por la vida de Keith Hayes, de 41 años de edad, a la que los especialistas en la primera fase del embarazo diagnosticaron fascitis necrotizante, infección aguda que se extiende por el tejido celular subcutáneo y la fascia, produciendo una rápida necrosis tisular, con grave afección del estado general.

Entonces los médicos advirtieron a la mujer que en caso de decidir tener al bebé, los procesos degenerativos en su cuerpo podrían llevar a consecuencias fatales.

Sin embargo, Keith se negó en rotundo a provocar el aborto, prefiriendo dar la vida al bebé que deseaba tanto. “Los estreptococos (bacterias que viven en las vías respiratorias y digestivas de una persona), que fueron hallados en Keith, se repartían por su cuerpo a la velocidad vertiginosa. Al elegir dar a luz, ella arriesgó su vida”, relató William Schaffner, uno de los especialistas que llevó el caso.

Dos días después del nacimiento de la pequeña Arielle, los médicos se vieron obligados a realizar a Keith una cirugía de emergencia, en el marco de la cual le tuvieron que amputar los dos brazos y, una semana después, las dos piernas e incluso le quitaron una parte de intestino y otros órganos a causa de una amplia proliferación de la infección.

“Por ahora no me puedo mover de forma independiente, pero no me arrepiento de nada. No logro ni siquiera imaginar que mi hija podría no haber nacido”, afirma la mujer.

Actividad solar en su máxima potencia: ola de tormentas magnéticas ‘atacará’ la Tierra

El Sol ha entrado en la fase de la superactividad que continuará durante los próximos años, advierten los expertos.
"En 2012 y los próximos años observaremos la máxima potencia de la actividad solar. Las explosiones y erupciones en el Sol se hacen cada vez más frecuentes", advierte el representante del Instituto de Investigaciones Espaciales de la Academia de Ciencias de Rusia, Yuri Záitsev.

Peligro para la salud


“Tanto estadísticamente como clínicamente ya está comprobada la influencia de las perturbaciones y tormentas magnéticas, así como la presión atmosférica en la salud humana”, sostiene el experto, haciendo hincapié en que en primer lugar el fenómeno afectará a las personas que padecen enfermedades cardiovasculares.

De acuerdo con el científico, "las tormentas magnéticas también tienen mucha influencia en los astronautas, cuyo sistema de adaptación está sobrecargado de muchos otros factores por los vuelos que realizan".

Al mismo tiempo, de acuerdo con Záitsev, "en el cuerpo humano aún no se han encontrado un órgano o tipo de células especial que juega el papel de un receptor sensible de las perturbaciones geomagnéticas".

No obstante, el experto destaca que incluso en el periodo cuando el Sol se encuentre en su fase más activa, el bienestar de las personas sanas en general no se verá demasiado afectado.

El Sol pasa por ciclos regulares de actividad y aproximadamente cada 11 años la actividad se intensifica y ocurren tormentas que a veces deforman e incluso atraviesan el campo magnético de la Tierra, interfiriendo a menudo en los sistemas de comunicaciones.

Las Setenta Semanas de Daniel

Las Setenta Semanas de Daniel

Rev. Luis M. Ortiz
“Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos.” Daniel 9:24.
Después de 900 años del pueblo de Israel estar en posesión de su tierra en tiempos del profeta Jeremías. Dios advirtió por medio de este profeta a las dos tribus del sur, Judá y Benjamín, que si no se apartaban de la idolatría y del pecado, serían llevados cautivos a Babilonia. Ya las diez tribus del norte habían sido llevadas cautivas a Asiria.
 
Dios dijo por boca del profeta Jeremías a las dos tribus del sur, como sigue: “Toda esta tierra será puesta en ruinas y en espanto; y servirán estas naciones al rey de Babilonia setenta años” (Jeremías 25:11). “Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar” (Jeremías 29:10).
 
Ya los 70 años de cautividad se cumplían y el profeta Daniel, que era profeta de la cautividad, queriendo saber el futuro de su pueblo y cuál sería esa buena palabra que Dios tendría para su pueblo, escribe en el capítulo 9 de su libro, como sigue: “Yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años. Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, en cilicio y ceniza. Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos; hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas” (Daniel 9:2-5).
 
Aquí sigue una maravillosa oración de confesión y arrepentimiento que Daniel concluye diciendo: “Ahora pues, Dios nuestro, oye la oración de tu siervo, y sus ruegos; y haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado, por amor del Señor. Inclina, oh Dios mío, tu oído, y oye; abre tus ojos, y mira nuestras desolaciones, y la ciudad sobre la cual es invocado tu nombre; porque no elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias. Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo” (Daniel 9:17-19).
 
Antes esta oración tan sincera, tan profunda y tan intensa, la respuesta vino de parte de Dios. Y nos sigue relatando el profeta Daniel: “Aún estaba hablando y orando, y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y derramaba mi ruego delante de Jehová mi Dios por el monte santo de mi Dios; aún estaba hablando en oración, cuando el varón Gabriel, a quien había visto en la visión al principio, volando con presteza, vino a mí como a la hora del sacrificio de la tarde. Y me hizo entender, y habló conmigo, diciendo: Daniel, ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento. Al principio de tus ruegos fue dada la orden, y yo he venido para enseñártela, porque tú eres muy amado. Entiende, pues, la orden, y entiende la visión. Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos.
 
Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones. Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador” (Daniel 9:20-27).
 
Antes de referirnos propiamente a estas setenta semanas, anunciadas a Daniel por el ángel Gabriel, como un bosquejo profético e histórico del futuro del pueblo de Israel, es muy importante que señalemos una realidad histórica en todos los tratos anteriores de Dios con Israel.
 
Esto de “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo”, parecería algo nuevo, algo raro en los tratos de Dios con Israel, pero es algo maravilloso, admirable y armonioso, que Dios siempre ha tratado con Israel a base de períodos de tiempo, de setenta semanas, de años, o sea, de 490 años. Y además, que en esos períodos de setenta semanas de años, Dios nunca ha contado el tiempo cuando Israel ha estado en cautiverio, o fuera de su tierra, o ha estado subyugado en su tierra por poderes gentiles. Notemos, pues, que en las setenta semanas de Daniel no son únicas en los tratos y en los planes de Dios con Israel.
 
Comencemos con Abraham, el padre de la nación, desde el llamamiento de Abraham hasta el Éxodo de Egipto transcurrieron setenta semanas de años, o sea, 490 años, sin contar los 15 años cuando la esclava Agar y su hijo Ismael dominaban en el hogar de Abraham. Esos años de dominio gentil Dios no los contó.
 
Desde el Éxodo de Egipto hasta la dedicación del templo de Salomón transcurrieron setenta semanas de años, o sea, 490 años, sin contar los 131 años de dominación gentil que sufrió Israel en el tiempo de los Jueces. Esos años no los contó Dios.
 
Desde la dedicación del templo de Salomón hasta la conclusión de la cautividad en Babilonia transcurrieron setenta semanas de años, o sea, 490 años, sin contar los setenta años que estuvieron cautivos en Babilonia. Esos años Dios no los contó.
 
Y es en este punto de la historia del pueblo de Israel, cuando la cautividad en Babilonia, se cumple, que Daniel inquiere de Dios acerca del futuro de su pueblo. Y Dios consecuente con su manera de tratar con Israel en el pasado esto es, a base de setenta semanas de años, 490 años le dice a Daniel: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos” (Daniel 9:24).
 
Estas setenta semanas están determinadas sobre el pueblo de Israel y sobre la ciudad de Jerusalén, es decir, tienen que ver únicamente con Israel y Jerusalén, nada tienen que ver con la Iglesia. Notemos que todos los propósitos a lograr en la conclusión de las setenta semanas están conectados con Israel y con Jerusalén:
 
1) Terminar la prevaricación de Israel con relaciona a su Mesías; 2) poner fin al pecado de Israel por su incredulidad y rechazo de Cristo, su Mesías; 3) expiar la iniquidad de Israel como nación que aceptará a Cristo como su Mesías y redentor; 4) traer la justicia perdurable a Israel que será justificado por su fe en Cristo; 5) sellar la visión y la profecía, pues con el Mesías presente, la tierra será llena del conocimiento del Señor; y 6) ungir al Santo de los santos, o sea, la limpieza y restauración del lugar santísimo profanado y desolado por el anticristo.
 
En el mismo mensaje del ángel a Daniel, estas setenta semanas son divididas en tres períodos de tiempo: la primera división, son las primeras siete semanas, o sea, 49 años; la segunda división son las siguientes sesenta y dos semanas, o sea, 434 años; la tercera división es la última semana, la semana número setenta, o sea, los últimos 7 años que completan los 490 años.
 
A su vez, estas divisiones están separadas entre sí por acontecimientos importantes. Comienzan las primeras siete semanas de años con el decreto del rey Artajerjes, en el mes de Nisán (abril), 445 años a. C. para reedificar los muros y la ciudad de Jerusalén. La historia comprueba que esta obra de reconstrucción bajo el mando de Nehemías duró exactamente siete semanas de años, o sea, 49 años. Las sesenta y dos semanas siguientes dan comienzo, desde la terminación de la reconstrucción de Jerusalén hasta la muerte de Cristo, exactamente sesenta y dos semanas de años, 434 años.
 
Cristo fue rechazado por Israel, como su Mesías, y hasta el día de hoy Israel, como nación, le rechaza, “a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11). Por la incredulidad de Israel Dios visitó a los gentiles para tener de ellos pueblo para su nombre, y por esta razón “a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hijos de Dios” (Juan 1:12). El reloj de los tratos directos de Dios con Israel se detuvo con la muerte de Cristo, esto es al concluir sesenta y nueve semanas de años, o sea, 483 años.
 
Así, como en los casos pasados, Dios no contó el tiempo de supremacía gentil hoy. Y desde la muerte de Cristo, y por causa del rechazo de Cristo por parte de Israel, el tiempo no está siendo contado con relación a los tratos de Dios con Israel, pues Dios está visitando a los gentiles para tomar de ellos pueblo para su nombre.
 
Esta detenido el tiempo con relación a los tratos directos de Dios con Israel y aún falta una semana de años por cumplirse, la semana número setenta de la profecía de Daniel, 7 años durante los cuales Dios tratará directamente con Israel y se consumarán todos los propósitos de Dios con relación a Israel y a Jerusalén y al final Israel reconocerá y aceptará a Cristo como su Mesías.
 
Pero mientras Dios esté tomando, salvando, pueblo entre los gentiles; mientras la Iglesia de Jesucristo esté presente en el mundo, Dios no se volverá a Israel como nación. Tiene la Iglesia que subir al cielo, tiene que producirse el levantamiento de la Iglesia, tienen los muertos en Cristo que resucitar primero y luego nosotros los que vivimos ser transformados y arrebatados en las nubes para recibir al Señor en el aire (1 Tesalonicenses 3:13-17).
 
El apóstol Pedro refiriéndose al tiempo cuando Dios termine de tomar pueblo para su nombre entre los gentiles dice: “Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, y le volveré a levantar” (Hechos 15:16). Y sobre lo mismo el apóstol Pablo dice: “Y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos, cuando yo quite sus pecados” (Romanos 11:26-27).
 
Cuando suba la Iglesia, que ha de ser de un momento a otro, comienza a contar la semana número setenta de la profecía de Daniel. Los 7 años del gobierno del anticristo, cuando Israel es duramente probado, especialmente en los últimos 3 años y medio. Y luego, al concluir la semana será gloriosamente libertado, pues, inmediatamente después de la tribulación, aparecerá la señal del Hijo del Hombre, y lo verán viniendo sobre las nubes, con poder y gran gloria y se afirmarán sus pies sobre el monte de los Olivos, que está frente de Jerusalén al oriente (Mateo 24:29-30; Zacarías 14:4).
 
Como las sesenta y nueve anteriores, esta semana número setenta está determinado sobre el pueblo de Israel, sobre el pueblo y sobre la ciudad de Jerusalén. Todas estas semanas, ni las sesenta ya cumplidas, ni la número setenta que está por cumplirse, nada tienen que ver con la Iglesia, es con Israel.
De hecho, la semana número setenta no se cumplirá mientras la Iglesia esté en el mundo, para que los juicios y las grandes pruebas de la semana número setenta vengan sobre el incrédulo Israel y sobre todo el mundo rebelde, Dios sacará del mundo a la iglesia. Así como sacó del mundo y se llevó al cielo a Enoc antes que venga el juicio diluvio; así como libro a Lot del fuego y la destrucción de Sodoma; así como Daniel estuvo ausente del horno de fuego; así también librará el Señor a su Iglesia de los juicios de la gran tribulación, la semana número setenta que se avecina. Y es por esto que el Señor mismo dice: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo” (Juan 14:3). “Entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo en un molino; la una será tomada, y la otra será dejada” (Mateo 24:40-41); “vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta. Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco” (Mateo 25:10-12).
 
Algunos dicen que la Iglesia pasará por la gran tribulación, pero es evidente que aquellos creyentes que no estén preparados para el levantamiento de la iglesia, sí tendrán que pasar por la gran tribulación; pues uno, los preparados serán tomados, y los otros, los no preparados, serán dejados.
 
Cinco vírgenes entraron a las bodas, cinco fueron dejadas fuera. ¿Está usted preparado viviendo en santidad? “Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor” (Mateo 24:42).
 
En este mismo instante puede usted, arrepintiéndose de sus pecados, recibir a Cristo en su corazón como su Señor y Salvador. Amén.