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jueves, 22 de marzo de 2012

Los sueños

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Y soñó José un sueño, y lo contó a sus hermanos; y ellos llegaron a aborrecerle más todavía. Génesis 37:5.
La historia de José es una historia de sueños. La Biblia lo llama “José, el soñador”. El centro de sus sueños era Dios. Aquella tarde, cuando sus hermanos lo vendieron y fue llevado a Egipto, una tierra distante, miró por última vez desde la colina hacia las tiendas de su padre, e hizo una promesa a Dios: “Señor, no sé adónde voy ni adonde me llevan; pero, pase lo que pase, cueste lo que costare, nunca dejaré de amarte.
Las personas pueden quitarme la libertad, pueden intentar acabar con mis sueños, pueden arran­carme los brazos, las piernas, e incluso alejarme de mi familia. Voy a un país donde no tengo amigos, y nadie me conoce. Voy como esclavo; tal vez, para comenzar lavando platos y limpiando baños. Pero voy contigo y, pase lo que pasare, nunca dejaré de amarte”. El amor de Cristo inspiró la vida de José todos los días. Fue vendido como esclavo, y se mantuvo fiel frente a las más audaces tentaciones. Y ¿cuál fue la recompensa que recibió por su fidelidad? La prisión.
En este mundo, no siempre tu fidelidad va a traerte, como recompensa, el cielo. En esta tierra, a veces, la fidelidad va a traerte hambre, pobreza, renuncia, y hasta el desprecio de tus amigos. No te preocupes. Si Jesús está contigo, si le has entregado la vida a Cristo, vayas a donde vayas, el Señor irá contigo.
Y desde la prisión, desde la mazmorra, desde la desgracia, te va a levantar y te va a convertir en un príncipe, porque tú eres hijo del Reino; has nacido para serlo y, finalmente, llegarás a serlo.
José es el hombre que nunca dejó de amar a Dios. Por su amor a Dios, descendió a las profundidades del dolor y del sufrimiento; pero, también, fue levantado de allí, hasta las cumbres más elevadas. Llegó a ser el segundo hombre más poderoso de Egipto, una nación pagana.
Si tú luchas en busca de un futuro mejor, amas a Jesús y nunca te apar­taste de su amor, y pese a eso, parece que todo te va mal; si, no obstante, mantienes tu amor y tu fidelidad por Cristo, créeme que Dios te va a colocar en los lugares más altos.
Haz de este un día de sueños; que el más grande de todos sea permanecer fiel a Dios hasta el fin, a pesar de la incomprensión de tus hermanos. Porque “soñó José un sueño, y lo contó a sus hermanos; y ellos llegaron a aborrecerle más todavía”.

viernes, 27 de enero de 2012

¿Cómo es Dios?

¿Cómo es Dios?
“Porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO. Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio.” Hechos 17:23.
Los teólogos han tratado de describir a Dios de muchas maneras. Dios es la sustancia de todas las virtudes humanas. Es todo sabiduría y todo lo sabe. Puede hacer todo lo que nosotros no podemos, y es depositario de todas las bondades a que aspiramos. En otras palabras, Dios es Omnipotente (todo lo puede), Omnisciente (todo lo sabe) y Omnipresente (está en todas partes).
 
Por otra parte, podemos describir a Dios comparándolo con nuestras limitaciones humanas. Por ejemplo, somos mortales, pero Dios es inmortal; somos falibles, pero Él es infalible.
 
Dios es Espíritu eterno e imperecedero. No tiene principio ni fin. Tiene plena conciencia de sí mismo («Yo soy»). Es plenamente moral y responsable («Hagamos»). Es la esencia del amor y ama. Es también un juez recto —totalmente justo y fiel.
 
Dios es el Padre de la creación, el hacedor de todo lo que existe. Es todopoderoso y sostiene el Universo. Existe fuera del Universo (los teólogos llaman esto trascendencia), aunque su presencia llena toda la creación (los teólogos dicen que es inmanente), y la gobierna. Existe dentro de la naturaleza, pero no es la naturaleza, ni está sujeto a sus leyes como dicen los panteístas. Es la fuente de la vida y de todo lo que existe.
 
La mejor descripción de Dios es el nombre que le reveló a los primeros israelitas, Jehová. Jehová se traduce a veces como «Señor». Los especialistas creen que se trata de un antiguo modo del verbo hebreo «ser», cuyo significado literal sería: «Aquel gracias al cual existe (todo) lo que es».

Ven, Señor Jesús

Ven, Señor Jesús


Amado, preocúpese por arreglar su vida y enderezar lo torcido, para ser tenido digno por Dios, y ser tenido por fiel en aquel día que el Señor venga.
En Mateo 25 hay un cuadro que conmueve y es la condición de diez mujeres vírgenes, cinco eran prudentes y cinco insensatas. Las insensatas no tomaron consigo aceite, mas las prudentes tomaron consigo aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Cinco fueron tomadas y cinco rechazadas, pero esa no era la voluntad de su Señor, ese no era el plan de Dios.
 
Qué triste que sus lámparas no tenían aceite, reaccionaron demasiado tarde, ¿cuándo reaccionaron? Cuando se dieron cuenta que el esposo venía y que sus lámparas se habían apagado, que no tenían aceite, y les dijeron a las cinco prudentes “dadnos de vuestro aceite”. Pero esta santidad y esta vida de obediencia no la podemos vender, la santidad y la vida de obediencia no se puede comprar, no se puede comprar oraciones ni ayunos.
 
Esto no se encuentra en los supermercados o las tiendas, la santidad se adquiere a través de Jesucristo. Cuando reaccionaron fue demasiado tarde, llegó el esposo y las dejó, su respuesta fue “no os conozco”. Fueron desconocidas por Cristo, y todo aquel que no esté preparado y hallado digno será desconocido por el Señor.
 
Si queremos vivir en santidad y ser hallados dignos, tenemos que despojarnos del peso y del pecado que nos asedia y correr esta carrera como Dios manda, como la Biblia nos enseña y tenemos que predicar tal y como Dios nos da el mensaje, para que el que oiga se arrepienta, para que el que anda con los pies afuera los vuelva adentro, para que lo torcido se enderece.
 
También hay una esperanza gloriosa y un gozo para la Iglesia que vive sin mancha que tiene su vestidura limpia. “Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas”, Apocalipsis 3:4. En el versículo 4 hay un elogio “pero tienes unas pocas personas… que no han manchado sus vestiduras… que son dignas”, en Sardis había una Iglesia grande, pero solo pocas personas se mantuvieron en santidad y no mancharon sus vestiduras.
 
Siempre en la historia de la Iglesia hubo un remanente que se mantuvo fiel. Elías en una ocasión dijo: “sólo yo he quedado” (1 Reyes 19:14), y la respuesta divina fue “yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron” (1 Reyes 19:18).
 
Amado, preocúpese por arreglar su vida y enderezar lo torcido, para ser tenido digno por el Señor, y ser tenido por fiel en aquel día que el Señor venga.
¡
Iglesia de Dios, el Señor Jesús viene pronto! Salga de la tibieza y del conformismo, busque la santidad. La Iglesia verdadera dice: “Ven, Señor Jesús” (Apocalipsis 22:20).

viernes, 13 de enero de 2012

Mensaje: La Potencia creadora de la Obra de Dios


Rev. Álvaro Garavito
Con esta revelación de Dios no hay tempestad, no hay demonio que nos detenga, porque hay un poder dentro de nosotros y esa es la Palabra del Señor.
“La mano de Jehová vino sobre mí… y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos. Y me hizo pasar cerca de ellos por todo en derredor… y por cierto secos en gran manera. Y me dijo: Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Y dije: Señor Jehová, tú lo sabes. Me dijo entonces: Profetiza sobre estos huesos... Profeticé, pues, como me fue mandado; y hubo un ruido mientras yo profetizaba, y he aquí un temblor; y los huesos se juntaron cada hueso con su hueso. Y miré, y he aquí tendones sobre ellos, y la carne subió, y la piel cubrió por encima de ellos; pero no había en ellos espíritu. Y me dijo: Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Así ha dicho Jehová el Señor: Espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, y vivirán. Y profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos, y vivieron, y estuvieron sobre sus pies; un ejército grande en extremo”, Ezequiel 37:1-10.
 
La Palabra de Dios nos muestra un panorama terrible en cuanto a la nación de Israel y como el pueblo había llegado a una condición de sequedad, de muerte, de destrucción, de desconsuelo, era una situación terrible en todos los sentidos. Cuando el pueblo estaba cautivo en Babilonia los de aquella nación le pidieron que cantaran, pero ellos estaban tan tristes, que habían colgado en los árboles los instrumentos musicales. Amados, las aves cantan, los grillos cantan y las chicharas cantan, así que nosotros también podemos cantar, alabar y bendecir a Dios.
 
Sin embargo, cuando se vive en esta situación, cuando se está cautivo, se va hasta el deseo de cantar; solamente que tenga una potencia en su espíritu podrá cantar, podrá adorar. Esa persona puede alabarle al Señor en cualquier circunstancia, en cualquier momento, ya sea herida, con dolor, o en situaciones contrarias podrá levantar sus manos, podrá bendecir a Dios, pero solamente cuando hay en él un fortalecimiento poderoso en el espíritu, porque conoce al Dios verdadero.
 
La Biblia registra que Pablo junto con otros compañeros, fueron golpeados, heridos y puestos presos en la cárcel. Sin embargo, siendo ya de noche sin importarles las circunstancias que estaban atravesando, empezaron a cantar, abrieron la boca para adorar y bendecir a Dios y la cárcel empezó a temblar, los cimientos del edificio se sacudían, porque la presencia de Dios estaba en ese lugar, porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad. El caso de Israel era diferente, la situación llegó a hacerse tan crítica, que ellos colgaron los instrumentos, cerraron la boca y cuando les dijeron que cantaran, ellos respondieron: ¡No podemos cantar en tierra extraña! Israel fue llevado a cautiverio y se secó su espíritu, secándose su alma, secándose su corazón.
 
Pero vino el tiempo cuando el Espíritu de Dios tomó al profeta Ezequiel y le dio tremenda revelación. Habían pasado muchos años, pero ahora viene la revelación de la Palabra sobre aquel instrumento de Dios que fue llevado por el Espíritu de Dios, a un valle enormemente grande, y ese valle estaba lleno de huesos, eran huesos secos en extremo. Llama la atención, porque cuando un cuerpo vivo se muere, tiene un proceso, y cuando llega a un estado de sequedad (y en este caso de resequedad), es porque ha pasado mucho tiempo; aquellos huesos estaban secos en extremo, demasiados secos.
 
El Señor le pregunta a aquel profeta: “Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos?” Y la respuesta es: “Señor Jehová, tú lo sabes”. El Señor le dijo al profeta: “Profetiza sobre estos huesos…” Y ¿qué les voy a profetizar, qué les voy a decir si son huesos secos? Porque hay gente que está muerta en delitos y pecados, y hay que profetizarles con la Palabra, el Señor dice: “Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd Palabra de Jehová”. ¡Qué maravilla es oír la Palabra de Jehová! Y esa Palabra se metió en las venas, se metió en la sangre, se metió en los huesos, se metió en el corazón, se metió en el alma y nos cambió, nos transformó, nos dio vida. El Señor dijo: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida”, Juan 6:63.
 
Cristo vino a la tierra para deshacer las obras de Satanás. “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”, Juan 10:10. Por esta Palabra han cambiado matrimonios, han cambiado familias, han cambiado terroristas, han cambiado pandilleros, han cambiado prostitutas, han cambiado ladrones, han cambiado drogadictos, han cambiado borrachos, y todos los que han oído la Palabra y han abierto el corazón han sido transformados. Jesús les dijo a sus discípulos: “Ya vosotros estáis limpios por la Palabra que os he hablado”, Juan 15:3.
 
Hoy estamos en un tiempo tan difícil, porque hay muchos maestros de la Palabra, mediocres, temerosos, miedosos, pusilánimes, y hasta cobardes. Estos maestros no enseñan la Palabra, lo que enseñan son medias verdades y por eso existen medios creyentes; y como no se les enseñó la Palabra completa no hay un cambio completo, pero el verdadero Evangelio produce una verdadera transformación interna y externa; qué maravilloso cuando oímos la Palabra de verdad, que produce tremendos cambios. Jesús dijo: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”, Juan 8:32. Por eso el Señor envió al profeta a declararle al pueblo, no para declararle cualquier simpleza, ni para contar chistes ni payasadas, sino que fue a predicar la Palabra de verdad.
 
“Profeticé, pues, como me fue mandado...”, Ezequiel 37:7. Cuando hablamos de parte de Dios, la Palabra va a hacer una obra, va a lograr un efecto extraordinariamente poderoso. Dijo el profeta: “Profeticé como se me había mandado, y cuando di la Palabra los huesos se juntaron, y empezaron a resucitar esos muertos”; porque donde hay Palabra de Dios se revoluciona hasta el cementerio. La Palabra es espíritu y es vida, y donde hay un pastor o un predicador que la enseñe, habrá una revolución tremenda, todos los días habrá testimonios, todos los días la gente testificará, porque la Palabra tiene poder para cambiar al hombre. Cuando Ezequiel profetizó, vio que los huesos se juntaban unos a otros y se armaban y fueron levantándose y se formó una multitud, como un gran ejército.
 
El Evangelio verdadero es poder de Dios, Pablo dijo: “Porque no me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego”, Romanos 1:16. Ahora muchos predican un evangelio acomodado, un evangelio sin poder, que no produce cambios. ¿Cómo podrán entender aquella gente que está dentro de una congregación, dentro de un templo mundano, liberal, viviendo como le da la gana?, ellos creen que ese es el Evangelio. En realidad, el Evangelio es una potencia, es poder que produce una explosión dentro de nuestro ser, y se operan grandes cambios.
 
La Biblia nos dice que un funcionario de Etiopía, había venido a Jerusalén y estaba leyendo al profeta Isaías. “Acudiendo Felipe, le oyó que leía al profeta Isaías, y dijo: Pero ¿entiendes lo que lees? Él dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare?”, Hechos 8:30-31. “Respondiendo el eunuco, dijo a Felipe: Te ruego que me digas: ¿de quién dice el profeta esto; de sí mismo, o de algún otro? Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta Escritura, le anunció el Evangelio de Jesús. Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó”, Hechos 8:30-38.
 
Llama poderosamente la atención cuando la Escritura dice: “Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”, Hebreos 4:12. Cuando oímos esta Palabra verdadera, pasamos de muerte a vida, de las tinieblas a la luz admirable.
 
Nuestro Señor Jesucristo estaba peleando la batalla en el desierto y habían pasado cuarenta días de verdadero ayuno. No como esos ayunos que hacen muchos en su cuartito con aire acondicionado, con alfombras, con jugo de naranja o de zanahoria, esos son ayunos inventados por el diablo; hasta dicen que Daniel ayunaba con jugo de zanahoria, ¡mentira de Satanás! Los verdaderos ayunos que encontramos en la Biblia, eran días y noches sin tomar agua, sin comer nada. Pero no hay quien haya ayunado como el Señor, no hay nadie todavía, ni lo encontraremos jamás.
 
En una ocasión me dijo uno: “Yo ya superé un poquito al Señor Jesucristo, he hecho cuarenta y cinco días de ayuno”. Le dije: “¿Cómo hizo su ayuno, y de qué hora a qué hora?” Me dijo: “Pues como es normal de 8 a 12 del día, todos los días ayunando”. Eso se llama desayunar tarde, pero eso no es el verdadero ayuno.
 
¿Sabe dónde fue el ayuno del Señor? Fue en un desierto, donde sólo hay espinas, arena candente, calor tremendo; y nuestro Señor en ayuno, orando y clamando. Cuando llegaba la noche venía el frío del desierto, ese aire terrible hace temblar a cualquiera, y al amanecer aparecía un sol abrasador. “Y vino a Él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Él respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios”, Mateo 4:3-4. De toda Palabra que sale de la boca de Dios vivirá el hombre; porque de ella somos vivificados, y con ella nos alimentamos espiritualmente.
 
Amados, con esta revelación divina no hay tempestad, no hay demonio que nos detenga, porque hay un poder dentro de nosotros y esa es la Palabra del Señor.